domingo, 13 de febrero de 2011

II. Fonollosa o la necesidad del aislamiento.

"Siendo otra de la que es, sería fea. Y no siendo sino como es, no me gusta."
W. Shakespeare. Much ado abaut nothing.

El Sábado por la tarde Fonollosa se despierta entre aspirinas y zumos de frutas con miel. Acausa de no se sabe qué instinto, se dirige entre convulsiones hacia la cartera de piel noble. Estupefacto y pálido tiene que volver a robarse.
Hace más de una semana que no llueve, los zapatos de Fonollosa salpican agua de los charcos. Las cloacas deben estar a rebosar. Aunque no sea cierto él lo ve así. Pasea mientras observa si hay alguna acción de los otros que le incite alguna buena verdad para escribir. Lo que ve y lo que escribe son mentiras y falsedades respectivamente. No todo está tan podrido ni tan agotado como parece. El asfalto a tapado el adoquinado del '68. Todo va quedando poco a poco sepultado. Por vez primera el trabajador ha quedado bajo un disfraz, impuesto por no se sabe quién, una falsa máscara de clase media-alta. Tanto el trabajador como el burgués tienen las mismas cosas. Coche, televisor, contestador automátyico, equipo hi-fi, ropa para cada día, adornos innecesarios en el cuarto de estar... Las calidades son diferentes. Esto es un engaño.
En su poesía no hay instintos, son rabiosas meditaciones sin freno moral. Absolutamente todos hemos pensado alguna vez su poesía, él la escribe. Vende su obra antes de hacerla. El juego entre la verdad y la mentira le deja el camino abierto al antiteísmo , al nihilismo, esto es, al no-ser. Irremisiblemente entra otra vez, como tantas, en el juego de los individuos y las ratas. En vez de ir de compras ha escupido los mismísimos cimientos de la ciudad de Barcelona. Fonollosa queda relegado a ser un cobarde mayor que Raskolnikov.

sábado, 12 de febrero de 2011

I. La necesidad de la unión o la noche que Paco Umbral llegó al Café Gijón.

"Toda una vida leyendo cosas sobre el Café Gijón, allá en provincias, y ahora estaba yo aquí, (...) me hubiera gustado que cualquiera de esas caras conocidas me preguntase qué hacía yo por Madrid para responder con desgana y énfasis: -Ya ve usted, que mañana doy una lectura en el Ateneo." F. Umbral, La noche que llegué al Café Gijón.
La jauría de borregos se alza cada mañana con el novísimo instinto de galopar hacia su lugar de trabajo. En su éxodo cotidiano desaparecen las calles. Sólo existe el corredor de asfalto y cemento que les conduce automáticamente. Desde el Café Gijón el joven Paco Umbral observa, entre el humo del cigarrillo y las colonias a granel, fuera de Barcelona, fuera del tiempo. Durante la jornada laboral Paco se despide del café, en su salir reaparece la calle solo para él. Hay un tempo especial entre la jauría y el observador que permite ver el desarrollo civil del Lunes al Viernes. Es el momento de que el joven Paco mire el espectáculo sentado en su banco mirando al sol. El amodorramiento hace que ese tempo se dilate aún más. Automóviles, escaleras mecánicas, transportes metropolitanos, cabinas telefónicas, buzones de correos, recogida automática de basura, watere públicos a monedas, telefonía movil, computadoras portátiles, orquestas transportables. Paco Umbral nunca ha permitido uan tragaperras en el Café Gijón.
El viernes por la tarde el jovencísimo Paco Umbral se hace, a los ojos de los observadores, un anciano que pasea sus lentes perdido entre la postmodernidad y los escaparates. El rebaño de borregos y la pensión combierten en un desgraciado al nada ingenuo anciano. Al anochecer, el Café Gijón se ve invadido por bebidas bajas en calorías y perfumes desorbitadamente caros. Paco toma el café en la pensión. El borrego se torna individuo progresivamente entre escaparate y escaparate. Los cachivaches que hay en el interior son un anhelo de su individualidad. Con el contraste de luces, el vidrio laminado que separa el contenido del continente refleja la figura del individuo superpuesta a los cachivaches. Entra en escena el juego de los papeles. Caragados de bolsas y paquetes que imposibilitan el atender al teléfono móvil, van los borregos a cenar, al cine y a tomar copas. En la madrugada, el que había sido borrego e individuo se vuelve una rata. De escondrijo en escondrijo hasta llegar hebrio a la madriguera. La rata necesitava unas vomitonas con los amigos para satisfacer falsamente su sed de sociabilidad.
La mañana del sábado el joven y vigoroso Paco Umbral vuelve al Café Gijón. En su altivo paseo ve las huellas y los excrementos de las ratas; los aparta con la vista.