"Toda una vida leyendo cosas sobre el Café Gijón, allá en provincias, y ahora estaba yo aquí, (...) me hubiera gustado que cualquiera de esas caras conocidas me preguntase qué hacía yo por Madrid para responder con desgana y énfasis: -Ya ve usted, que mañana doy una lectura en el Ateneo." F. Umbral, La noche que llegué al Café Gijón.
La jauría de borregos se alza cada mañana con el novísimo instinto de galopar hacia su lugar de trabajo. En su éxodo cotidiano desaparecen las calles. Sólo existe el corredor de asfalto y cemento que les conduce automáticamente. Desde el Café Gijón el joven Paco Umbral observa, entre el humo del cigarrillo y las colonias a granel, fuera de Barcelona, fuera del tiempo. Durante la jornada laboral Paco se despide del café, en su salir reaparece la calle solo para él. Hay un tempo especial entre la jauría y el observador que permite ver el desarrollo civil del Lunes al Viernes. Es el momento de que el joven Paco mire el espectáculo sentado en su banco mirando al sol. El amodorramiento hace que ese tempo se dilate aún más. Automóviles, escaleras mecánicas, transportes metropolitanos, cabinas telefónicas, buzones de correos, recogida automática de basura, watere públicos a monedas, telefonía movil, computadoras portátiles, orquestas transportables. Paco Umbral nunca ha permitido uan tragaperras en el Café Gijón.
El viernes por la tarde el jovencísimo Paco Umbral se hace, a los ojos de los observadores, un anciano que pasea sus lentes perdido entre la postmodernidad y los escaparates. El rebaño de borregos y la pensión combierten en un desgraciado al nada ingenuo anciano. Al anochecer, el Café Gijón se ve invadido por bebidas bajas en calorías y perfumes desorbitadamente caros. Paco toma el café en la pensión. El borrego se torna individuo progresivamente entre escaparate y escaparate. Los cachivaches que hay en el interior son un anhelo de su individualidad. Con el contraste de luces, el vidrio laminado que separa el contenido del continente refleja la figura del individuo superpuesta a los cachivaches. Entra en escena el juego de los papeles. Caragados de bolsas y paquetes que imposibilitan el atender al teléfono móvil, van los borregos a cenar, al cine y a tomar copas. En la madrugada, el que había sido borrego e individuo se vuelve una rata. De escondrijo en escondrijo hasta llegar hebrio a la madriguera. La rata necesitava unas vomitonas con los amigos para satisfacer falsamente su sed de sociabilidad.
La mañana del sábado el joven y vigoroso Paco Umbral vuelve al Café Gijón. En su altivo paseo ve las huellas y los excrementos de las ratas; los aparta con la vista.
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